Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

lunes, 6 de julio de 2020

Ovis World Slam e Irán


Para mi jefe, que así como puede con las montañas, pudo con el Covid-19


Mi padre una vez me dijo que la carrera de todo cazador debería iniciar en las montañas. Yo, de alguna manera, seguí su consejo.


La primera expedición de caza que llevé a cabo sin mi familia fue a Alaska en busca de un borrego dall. 

Nunca antes había cargado una mochila tan grande ni había percibido las montañas tan imponentes en mi vida, como cuando inicié ese primer día de caza en el inmenso, infinito y hermoso Alaska Range. 

Al octavo día de caza por fin logré abatir un precioso carnero de once años. Esa noche se forjó un sueño que ha de durar toda una vida: cazar todos los borregos que mis piernas y economía me permitan hasta el día de mi muerte. 


En el intento por concluir el Grand Slam de Norteamérica posterior a esa cacería en Alaska, tuve el privilegio de cazar en el sur y el norte de Columbia Británica, en busca de borrego Stone y Rocky Mountain bighorn; y en mi país, donde logré cazar un bellísimo borrego cimarrón. 


Logré cazar todos los borregos salvajes de América, con excepción del Rocky Mountain Bighorn. En este viaje aprendí que el cazador de borregos no necesita únicamente de un par de piernas enérgicas, pulmones fuertes, buena puntería y huevos; también es fundamental contar con suerte. En esa ocasión, luego de recorrer alrededor de cien kilómetros de montaña, de los cuales por lo menos veinte fueron verticales, no tuve oportunidad de poner la cruz de mi mira telescópica en un borrego legal. 

Creo que ningún borrego en el mundo demanda al cazador de tanta suerte, paciencia, destreza, fuerza, mentalidad y espíritu como los de Norteamérica. 


Fue cazando estos borregos donde profundicé en disfrutar del silencio inquebrantable de una noche calma en las montañas; aquí también me intimidó por primera vez el rugir del viento y me aterrorizó el crujir del hielo. Cazando en Alaska conocí las inclemencias del clima y su inmisericordia; en el norte de Columbia Británica me sorprendió la interminable belleza del otoño y sus colores; en el sur de esta región valoré la fortuna y me enseñé a disfrutar y a ilustrarme con el fracaso en una cacería; y en mi México querido descubrí que en ningún lugar del mundo luce tanto una vida como en un desierto. 

Asia y Europa igualmente son increíbles. Pero muy distintos a Norteamérica. Ahí, las montañas también son gigantes de roca y hielo que fungen como celosos guardianes del sublime tesoro que encarna la fauna que habita en ellas. Sin embargo, la cacería sobre las serranías asiáticas es distinta: hay más gente, menos logística compleja; podría decirse que quizás sea un poco menos complicado cobrar un argali, un muflón o un urial, que un borrego salvaje norteamericano. 






En Asia Central, las Tian Shan se perciben como mundos enteros cubiertos de nieve y grandiosas; por su parte, en el Cáucaso, sobre todo en el este, el territorio es cuna del horror y del vértigo. En el oeste de esta cordillera que separa a Asia y Europa surge como coloso de piedra, lodo y escarcha, el Monte Elbrús, que divide a occidente de oriente. Las cordilleras Zagros y Kopet son áridas y verticales como ningunas otras que haya visto. 





Empero ningún lugar como Irán. Nunca había cazado en un país donde el compromiso con la conservación fuese tan genuino y formal. Los iraníes entienden la importancia de la caza y su manejo como herramienta conservacionista como poca gente en el mundo. Esto se debe al hermano del Sah, el Príncipe Abdo Reza Pahlavi, un cazador ejemplar y apasionado de la vida silvestre que fundó los cimientos del ministerio de recursos naturales iraní y los lineamientos para su operación. 

Aunque en este exótico y desconocido país las reglas de cacería se pudieran antojar en un inicio como limitativas y estrictas. Esto a causa de que únicamente se le permiten tres días de caza a los cazadores por especie; las leyes aduanales limitan a los extranjeros a importar únicamente cuarenta balas, las cuales se cuentan día con día en la medida en que se van usando, llevando los guardabosques un estricto registro de los tiros realizados en el campo; los borregos tienen, como en Norte América, edades legales para poder ser abatidos; entre otras reglas y disposiciones del departamento de Vida Silvestre de Irán. Sin embargo, una vez que sale uno a las montañas de este bello lugar se da cuenta de que el marco jurídico tan estricto es muy amplio por la cantidad de animales y la calidad de los mismos que se ven todos los días.

Conocí Irán con mi padre y ha sido de las mejores experiencias de mi vida. 


Después de cuatro días de cacería, terminamos la primera etapa de la expedición cinegética. Caminamos cerca de sesenta kilómetros en las montañas de la isla de Kabadún, en el Lago Urmía, en Irán, en busca del Armenian Mouflon. 

Aunque yo tuve la suerte de cazar el primer día un borrego muy bonito, despuntado, roto, barbón, viejo; no obstante, mi padre tardó un poquito más. Yo me incorporé a su equipo desde el segundo día, que fue brutal: doce horas en las montañas, sin caballos ni vehículos ni nada; con nuestras piernas, mentes y corazones, nada más. 

No fue hasta el tercer y último día, con la última oportunidad, que por fin encontramos un borrego espectacular. Se hizo lo correcto y acabó en la sal, después de un gran tiro que hizo mi papá. 

Salimos ambos felices y nostálgicos; y es que en la cacería de montaña se está entre la vida y la muerte; la adrenalina y el agotamiento confunden los sentimientos; porque culminada la caza, se dejan tierras y gente atrás que quizás en esta vida no se vuelvan a ver. Pero el sentimiento de gratitud y entusiasmo vital es lo que predomina siempre.

Posteriormente nos trasladamos a Khorasan, cerca de la frontera con Turkmenistán. En estas montañas tuve el honor de cazar quizás el mejor borrego de mi vida: un espectacular Transcaspian Urial anciano y majestuoso. También lo cacé el primer día. Vimos quizás cien borregos, entre borregas y corderos. Vientos potentes de más de cuarenta kilómetros por hora asolaban el terreno, azotaban nuestros cuerpos y levantaban nieve y polvo. Pero en el minuto final logré hacer un tiro perfecto, cuando el día agonizaba y las sombras lo cubrían todo.

Este urial transcaspio—para mí el borrego más grandioso de todos los que he tenido el prodigio de tener de frente—, fue el décimo segundo que he cazado en mi vida. Es decir, con este carnero culmino una meta y realizo un sueño, y lo hago con mi mejor borrego y una experiencia inolvidable al lado de mi padre: he logrado el Ovis World Slam. 



Hoy sin duda este logro es el más importante de mi carrera como cazador. Quisiera dedicarlo a todas las personas que ayudaron a que fuera real: mi padre, los outfitters, guías, amigos y a mi familia; pero sobre todo a mi esposa y mi hijo, que han sido pieza clave en todos los logros y las alegrías de mi vida. 

miércoles, 4 de marzo de 2020

Cacería de Kuban tur en el Cáucaso II



Montamos campamento a orillas de un río. El cielo seguía cubierto y de matices grises. Eran cerca de las seis de la tarde. La humedad y la niebla habían quedado atrás. A nuestro alrededor se erguía el Cáucaso. No hacía frío.

Levantadas las tiendas de campaña y desensillados y amarrados los caballos, procedimos a preparar la cena. 

Cenamos pan, quesos frescos, salchichón, pollo frito y cebolla cruda. Mientras cenábamos, Alberto, el guía local que casi se había acabado un litro y medio de vodka en el camino, dormía profundamente afuera de su tienda y al lado de los caballos. Gena, Vladimir, Eugenio y yo escuchábamos sus ronquidos y nos preguntábamos cómo había logrado llegar en una pieza hasta donde nos encontrábamos en el estado en el que venía.

Nos pasábamos de mano en mano lo que quedaba de vodka, pero siempre siendo cuidadosos en dejar un poco para que a la mañana siguiente mi tocayo se pudiera curar la cruda.

Tras beber varios vasos de té, todos nos fuimos a dormir. Alberto, tiozca, seguía dormido bajo las estrellas, con la bóveda celeste haciéndole de techo y la hierba como cama.

Diecinueve de agosto. Siete de la mañana. El Cáucaso. Rusia. Un despertar más en la montaña, en el Cáucaso. Salí de mi tienda de campaña. Me recibió el río cuyo murmullo en la noche me arrulló. Sobre mí se ampliaba un gran cielo despejado. Y a nuestro alrededor las serranías más empinadas que he visto en mi vida. Algunas laderas lucían glaciares. Por otro lado, los guías ya tenían el agua hirviendo para el té. Todo indicaba que iba a ser un gran día. ¡Buenos días! ¡Dobroye utro! ¡Good morning!

Como cualquier desayuno en la montaña, el de esa mañana también fue sencillo: avena, pan y té.

Al terminar de desayunar, los guías se ocuparon de ensillar los caballos. Mientras tanto, yo acomodé mi tienda, me preparé para salir y me fumé un par de cigarrillos con Eugenio. En la montaña no suele haber cabida para las prisas. Y cuando las hay, la cosa suele ponerse fea. Por eso hay que llevársela leve y con paciencia.

Montamos cada quién en nuestros caballos y enfilamos hacia el valle. El plan para esa mañana era gemelear las caras de las montañas que daban al cañón. En caso de ubicar algo, prepararíamos el ascenso mientras los animales se echaban. Subiríamos a lo alto con el sol en perpendicular; emprenderíamos el asecho final por la tarde, pero cuidándonos de contar con suficiente luz para bajar en caso de éxito. 

Todo sonaba bien. Sin embargo, no contábamos con que, a medio día, antes de que encontráramos algo, una niebla densa y avasalladora lo cubriera todo. La neblina devoró al Cáucaso, con sus pendientes, sus rocas, su tierra, su agua y sus tures. Consecuentemente, tomamos la decisión de regresar al campamento, relajarnos y esperar a que el día de mañana tuviéramos mejor clima. Porque en la cacería de montaña puede caerse el cielo sobre uno o que el sol lo incendie todo; ¡pueden crecer las montañas! Pero sin visibilidad, no hay nada que hacer.

El veinte de agosto amaneció despejado y sin frío. El azul eléctrico del cielo se saboreaba como buen presagio. La visibilidad era total, así que decidimos no perder el tiempo y encaminarnos hacia donde teníamos la intención de cazar el día anterior. 

En cuanto llegamos al sitio donde nos había sorprendido la niebla, nos bajamos de los caballos. Frente a nosotros se ensanchaba el paso de las piedras de vidrio, unas lajas que, si el caballo pisaba mal sobre ellas, se iba al precipicio. 

Jalé con cuidado al caballo, sintiendo el sudor perlar mi frente. Sudaba por nervios. Cada pisada del animal me erizaba la nuca. Perder un caballo sería desastroso, por todo lo que implicaba una tragedia de esa naturaleza. Para el corazón y para las piernas. 

Afortunadamente pasamos sin percances. Luego del paso mortal, nos reincorporamos a nuestras sillas de montar y cabalgamos hacia un collado. Ahí, luego de un buen rato de montar bajo el sol, nos detuvimos para gemelear las laderas de las montañas que nos rodeaban. 

Nos apeamos de los caballos. Inmediatamente después, Eugenio y yo preparamos tripies y lentes; mientras tanto, los guías preparaban te y cortaban pan, queso y salchichón. Comeríamos antes de empezar a lentear. Los locales se tomaban las cosas con calma. Yo también. Así que podía relajarme y disfrutar de cada momento en la montaña. Para el abate se requiere algo de tiempo, pero es una fracción pequeña ante la totalidad de una expedición de caza. En Eurasia y Asia, tomar te entre las nubes también es cazar.


Comimos en silencio. De repente, entre bocados y sorbos de té, tomábamos los binoculares y recorríamos por un instante las montañas. Pero no se veía nada. Al terminar el lonche, me acosté y me acomodé la mochila como almohada. Ya recostado cómodamente, fingí buscar un tur. A los pocos minutos lo encontré; pero en sueños. Me había quedado dormido. Y disfruté de una leve siesta. 

Desperté un par de horas después. Me estiré y más espabilado le pregunté a Eugenio si no se había visto nada. Con un gesto me indicó que no. Gena y Alberto se habían subido a una loma para abarcar más terreno y poder buscar en áreas más lejanas. No obstante, al poco tiempo regresaron con la noticia de que únicamente vislumbraron un par de hembras y tures jóvenes. Todo indicaba que ese día también se esfumaría sin emociones fuertes. Qué equivocado estaba.

Al regreso, en el paso de las piedras de vidrio, el caballo de Vlad, el corcel más joven de todos, estuvo a punto de caer al acantilado; si no hubiera sido por la fuerza bruta de su dueño, que jamás lo dejó ir, el grupo hubiese perdido un rocín al segundo día de cacería. Afortunadamente no fue así. 

Al atardecer, en el valle cercano al campamento ubicamos a un tur enorme. Como ya no había luz, decidimos cazarlo pon la primera aurora del día siguiente. Por fin algo de acción.


Durante la cena charlamos con entusiasmo. El haber visto un tur tan majestuoso hacía tan sólo unas cuantas horas antes nos había llenado a todos de emoción y esperanza. 

La noche transcurrió oscura y silenciosa. Dentro del saco de dormir soñé con el día siguiente y entre sueños ansiaba por que amaneciera. Sentía paz y urgencia. Las montañas afuera esperaban pacientes, los tur seguramente pastaban. El rumor del agua acurrucaba mi vigilia y los ronquidos de los demás no afectaban en lo más mínimo. 

Veintiuno de agosto. Abrí mi tienda de campaña y la luna aún lucía sin ninguna intención de ser relevada por el sol. Eugenio y Vlad hervían el agua para el te en silencio. El resto de los guías se preparaba dentro de su tienda de campaña. Las estrellas brillaban sin obstáculos, lo que significaba que podía ser un día despejado, ideal para cazar tures. La emoción a flor de piel. La precipitación latente. Las puertas del Cáucaso de par en par.

El desayuno, como siempre: parco, pero nutritivo. Todo el grupo comió avena, bebió te y compartimos unas galletas. Lo mínimo para emprender un ascenso. Y acabando de desayunar, montamos nuestros caballos y nos dirigimos a las faldas de la montaña donde dejamos visto el tur de la tarde anterior. 

Al llegar, desmontamos y preparamos las mochilas para el ascenso. El plan me pareció algo alternativo: consistía en trepar casi a la cumbre, apostarnos detrás de una peña que destacaba y se recortaba contra el cielo, y ahí esperar a que los tur regresaran a pastar a eso de las once de la mañana. Sonaba a magia, a adivinanza, pero quién era yo para contradecirlos, si ya había sido testigo antes de una hazaña que rayaba en lo mágica en la República de Kabardia-Balkaria durante la cacería del Mid-Caucasian tur.

Sin embargo, en esta ocasión, la realidad se impuso. El día veintiuno de agosto fue todo sudor, vértigo, humedad y frío. Nada de sangre. Encumbramos, recorrimos la montaña, nos asomamos a todos los cañones, transitamos sobre los desfiladeros. Pero jamás volvimos a ver a los tures. Aquel día fue de silencio y esfuerzo. La montaña iba a pedir mucho más arrojo antes de darnos un tur. La euforia se antojaba lejana, al igual que los animales. 

La noche cayó. Se sintió como un balde de agua fría. Mientras que en la mañana todo era esperanza, curiosidad, excitación, por la noche los ánimos tenían un sabor más a derrota y desengaño. Empero aún quedaba tiempo, y muchas tierras por recorrer. Y es por esto que durante la cena se determinó que al día siguiente iríamos a probar nuestra suerte a otra área, que se encontraba a por lo menos un par de horas a caballo. Saldríamos de madrugada para poder aprovechar el día. Era, de acuerdo a los guías, el as bajo la manga, el comodín: la zona secreta, la que Gena en todas sus cacerías se reservaba para el Plan B, y hasta entonces siempre le había dado resultado. 

Un día más en el Cáucaso.

Eran alrededor de las cuatro y media de la mañana. Destinábamos a nuestros caballos hacia la nueva área. La noche anterior, mientras cenábamos, discutimos sobre si moveríamos el campamento o no, ya que esta nueva zona de caza se encontraba algo lejos de donde teníamos montado el camp. Al final, Gena y los guías locales decidieron que no. Que cazaríamos todo el día, y que volveríamos de noche, con o sin tur. 

La cabalgata estuvo amena. Sin embargo, ese día fue perdido. Si bien es cierto que al primer ascenso encontramos la manada de tur que buscábamos; no obstante, la neblina no nos permitió cazar. Justo al ponernos cerca de los animales, nos quedamos sin visibilidad. Así que pasamos una interminable cantidad de horas rodeados de niebla, sin podernos mover, fumando y conversando entre susurros, con la excitante sensación de que estábamos rodeados de kubans, pero agobiados por la histérica frustración de que no podíamos hacer nada al respecto.

Tendría que ser mañana, el penúltimo día de cacería. 

Y llegó ese día, el penúltimo. Al principio, fue una calca del anterior: todo inició con la alarma del celular retumbando dentro de la oscuridad y el silencio absolutos de la tienda de campaña; luego los malabares que se requieren para vestirse dentro de la carpa; una vez vestido, la fresca e intensa salida al aire limpio y a la noche; y por supuesto, el desayuno escueto de diario y, previo a los aseos y necesidades humanas correspondientes, montar los caballos. 

Al arribar al área de cacería, con las primeras luces del día, el cielo ostentaba destellos carmesíes y pocas nubes; el viento aún dormía, porque no soplaba en lo más mínimo; y la temperatura se sentía fresca, agradable. 



Descabalgamos y montamos los telescopios. No queríamos iniciar ningún movimiento sin antes cerciorarnos de que no había tures en los alrededores. Al hacer esto, comenzamos a gemelear.

¡No habían transcurrido ni veinte minutos y ya habíamos ubicado a un tur solitario a unos novecientos metros! Y nos pusimos manos a la obra: Gena y Vlad se quedarían detrás del spotting scope. Por nuestra parte, Alberto, Eugenio y yo, nos encargaríamos del acecho. La idea consistía en mantener comunicación entre todos para que, en caso de que el Kuban tur se moviera, nosotros supiéramos hacia dónde caminar. 


Los primeros quinientos metros fueron descendiendo, para salir del campo visual del animal. Ya abajo, rodeamos un pequeño valle durante unos cien metros; en seguida, comenzamos el ascenso hacia un puerto que se veía a unos seiscientos metros de distancia, por lo que volvimos a ascender; ulteriormente brincarnos del otro lado de la arista, con el fin de hacer el último acercamiento recorriendo no más de un centenar de metros caminando al margen, justo debajo del filo del borde de la montaña.


El primero en llegar al sitio de donde se supone podríamos tirar fue Alberto, tiozca; inmediatamente después le siguió Eugenio; yo venía a unos diez metros. Al alcanzarlos, me detuve debajo de los dos guías, que ya se encontraban en posición. Tomé aire en un par de ocasiones; a unos cinco metros de mí, el guía local me sonreía, mientras usando el palo para caminar como rifle apuntaba hacia donde seguramente se encontraba el tur. Yo, feliz, le devolví la sonrisa. 


Arrastrándome me dirigí hacia donde yacían Alberto y Eugenio. Al posarme entre ambos, le tendí mis binoculares a este último y le pedí que me indicara a qué distancia se encontraba el tur; a lo que me respondió que, con gusto, pero que primero lo ubicara a través de la mira telescópica. Le pedí me señalara el lugar en el que se encontraba el borrego; y al hacerlo, de inmediato lo divisé; el animal estaba echado, tranquilo. En cuestión de segundos lo tenía en la cruz; por lo que insistí con que se me apuntara qué distancia nos separaba del ejemplar. Que trescientos cincuenta; pero que esperara a que se pusiera de pie. Y esperé, unos segundos; más no pude esperar, el corazón me latía, pero la confianza por primera vez se imponía a la emoción, así que decidí tirar, apretando muy poco a poco el gatillo hasta verme sorprendido por la detonación.

El tur no corrió más de una docena de metros, cuando comenzó a rodar. 

Un par de horas después tenía mis manos sobre los cuernos de uno de los animales más majestuosos del mundo, el Kuban tur, monarca del Cáucaso en la República de Karacháyevo-Cherkesia. Con éste, había logrado un sueño, el cazar todas las subespecies de tur que hay en esta región del mundo; aunque a la fecha no se define si son cabras o borregos, en lo que coinciden todos es que la caza de estos animales probablemente sea una de las más demandantes físicamente y de las más peligrosas que se pueden practicar en el orbe.




jueves, 19 de septiembre de 2019

Cacería de Kuban Tur en el Cáucaso I


Lo peor que le puede pasar a un cazador es llegar a casa y no encontrar suficientes fotos de su trofeo recién abatido. Yo por eso me dedico a tomarle a mis trofeos todas las fotografías posibles. Y me retrato sosteniéndolos en una posición y luego en otra. También me tomo el tiempo para limpiar, maquillar, coser, si es necesario. Todo. Lo que haga falta para tener una enorme cantidad de imágenes inmortales, se hace o se intenta hacer. Siempre. Ahí quedará el recuerdo eternamente. Y con el Mid-Caucasian tur no hice ninguna excepción.

Pero la noche amenazaba con caer; y quedaba aún un largo trecho por recorrer para regresar al campamento, que seguramente para entonces Kirin ya había levantado. Así que, ya sobre nuestros caballos, le dije a Eugenio, que me apuraba, citando al Jefe: “Hey, I know is late. We can make it if we run”. Para mi enorme placer, mi guía, también fan de Springsteen, respondió: “Oh, Thunder Road, sit tight, take hold”. Y espoleamos nuestros caballos camino al ocaso. Detrás nuestro dejábamos una montaña y un recuerdo inolvidable. La cacería seguía.



Lo que le siguió a la cacería del Mid-Caucasian Tur fueron dos días larguísimos, de muchas más de veinticuatro horas cada uno de ellos. 



Despertamos un dieciséis de agosto soleado. Afuera de nuestras tiendas el sol amenazaba con caer con todo su peso sobre nosotros. El cielo, de un azul exaltado, se lucía impoluto e infinito. No se vislumbraba ninguna nube a miles de kilómetros a la redonda; solamente se apreciaba el Cáucaso en todo su esplendor, que se extendía a nuestro alrededor presumiendo altanero sus picos, sus collados, sus crestas, sus glaciares. Por su parte, los caballos pastaban tranquilos cerca del campamento. Los guías salían de su tienda, se estiraban, y saludaban entusiastas. ¡Dobroye utro! ¡Good morning! ¡Buenos días! Eran alrededor de las siete de la mañana. Pronto tocaría levantar campamento y descender a la cabaña.



El descenso fue a pie, jalando cada quién a su caballo. Tocaba devolverles el favor a nuestros corceles.  


Nos tomó cinco horas llegar a la cabaña. Llegamos sedientos y bronceados. También hambrientos y muy sedientos. Eugenio y yo decidimos no desperdiciar con agua la sed que nos aquejaba faltando una hora de recorrido. Aguantamos. Sabíamos que abajo nos esperaban unas ocho botellas de medio litro de cerveza Halvichny Zavod Nalchikskiy. Así que al llegar al campamento base sentimos un goce indescriptible cuando nos bebimos cada quién un litro de cerveza dándole grandes y larguísimos tragos. 

Refrescados y sin botas, pasamos a la cocina a que nos dieran de comer. Posteriormente empacamos y esperamos a que Tomás, el mismo chófer que nos había traído, nos recogiera para llevarnos al pueblo, donde pasaríamos la noche en un hostal de cazadores de la localidad. 

A eso de las dos de la tarde pasaron por nosotros. De camino al pueblo, pasamos a visitar las Cascadas de Chegem, atractivo turísitco de la región. Y ya en el pueblo, antes de que nos llevaran al sitio donde pasaríamos la noche, pedí que me llevaran a supermercados a tratar de encontrar una botella de Tabasco. Visité todos, chicos, grandes y medianos. Pero en ninguno encontré lo que buscaba. Tuve que conformarme con salsa Sriracha hecha en Rusia. Definitivamente era mejor que nada.



Arribamos al pequeño hostal de cazadores poquito antes de las ocho de la noche. Nos instalamos, nos dimos un baño, cenamos ensaladilla rusa y pollo, bebimos cerveza y fumamos.



Mientras cenábamos, Eugenio y yo no dejábamos de intercambiar anécdotas de cacería. Ambos repetíamos una y otra vez la cacería del Mid-Caucasian Tur. Porque los dos pensábamos que había sido algo insólito: los tiempos, las coincidencias, las decisiones que se tomaron. Pero sobre todas las cosas, el tiro de Aslan a la piedra a mil metros; que haya pegado, y que los tur hayan reaccionado tal y como el guía local lo había anticipado. Lo cantó. Contaba doble. Me iba a costar dejar de soñar en ese suceso. A Eugenio también, me confesó.



Ya entrada la noche comenzó a llover. La humedad despertó a los insectos, que no tardaron ni un segundo en rodearnos. Así que al terminar el último sorbo de lo que nos quedaba a cada uno de cerveza decidimos irnos a descansar. Al día siguiente viajaríamos a Cherkesk, capital de la República de Karacháyevo-Cherkesia. La aventura continuaba.

A las siete de la mañana del diecisiete de agosto Eugenio y yo desayunábamos huevos, pepinillos, queso fresco y salchichón. Bebimos cada quién tres o cuatro tazas de té y, después del desayuno, preparamos todo para viajar a nuestro nuevo destino.

Antes de que pasaran por nosotros, visitamos al taxidermista, que tenía su taller justo enfrente del hostal donde nos hospedábamos. Nos enseñó el excelente trabajo que había hecho con el cráneo de mi tur y su copina, que para entonces ya tenía debidamente cubierta de sal. 

No recogieron a eso de las once de la mañana. Y no fue hasta las cuatro de la tarde que llegamos a un pequeño hotel a Cherkesk. Ahí nos dieron a cada uno de nosotros una habitación. Dejamos las cosas y bajamos de inmediato a comer. Estábamos famélicos.

Afortunadamente abajo del hotel había un restaurante de comida georgiana. Ahí comimos carne asada, kebab, vegetales, quesos, pan, lavash. Y bebimos cerveza. Todo hasta atiborrarnos, pues no volveríamos a comer nada hasta quién sabía cuándo del día siguiente. 



Terminando el festín nos fuimos a dormir. No eran más que las seis de la tarde. Pero a la una de la mañana nos iban a recoger para trasladarnos a la casa del guía principal de la zona del Kuban tur. Así que más nos valía tratar de descansar, que iban a ser dos días con sabor a uno, muy, pero muy largos. 

Cuando el celular chilló al diez para la una de la mañana pensé que pocas cosas se sentían más antinaturales que escuchar la campanilla de un despertador a esa hora de la madrugada. Pero me espabilé rápidamente y salí de mi habitación cargando con todo mi equipo. Afuera nos esperaba Alí, que sería el encargado en llevarnos a Urupskiy Rayon, un diminuto poblado en la cercanía de las montañas, a dos horas de Cherkesk. Ahí vivía Gena, quien sería el guía líder en la cacería del Kuban tur.

La casa de Gena era pequeña, pero acogedora. Nos recibió con los brazos abiertos. Nos sirvió a cada quién un plato de gulash y un vaso de te. Al servirnos, no obstante, también nos urgió a que terminando de desayunar nos preparáramos para un viaje de dos horas en jeep ruso y una cabalgata de ocho larguísimas horas. Las montañas esperaban, y no había mucho tiempo que perder. Eran las tres de la mañana. El día recién empezaba, ¿o continuaba? Ya no sabía.



El viaje en jeep fue algo ondulante. Se atascaba, se apagaba. Mas yo nunca he visto un automóvil que aguante más que estos vehículos. Porque al final nos subió a mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Un avance que agradecí enormemente. Y siendo las seis de la mañana, logramos alcanzar la zona donde nos reuniríamos con los otros dos guías, que venían con los caballos. 


Alberto y Vladimir, los otros dos locales que subirían con nosotros, nos alcanzaron una hora más tarde. El primero, quien de inmediato me llamó tocayo en ruso, tiozka, venía completa y absolutamente ahogado de borracho; toda vez que un grupo de jóvenes turistas le habían regalado una botella de plástico llena de vodka. El otro, Vlad, un ruso gigante y recio, era el hermano menor de Gena. 

Después de las presentaciones correspondientes y de rolar la botella de mano en mano, inició una cabalgata húmeda, empapada, blanca. Fueron siete horas de atravesar una espesa e interminable neblina. 


Mucho más de la mitad del camino fue en terreno alpino; es decir, por encima de la línea de árboles. La idea era cazar mientras nos dirigíamos al campamento. Sin embargo, la niebla no sólo nos obstaculizaba la cacería, sino que tampoco nos permitía contemplar los hermosos paisajes. 

Al final, ya entrada la tarde, jalando los caballos, descendimos a un valle. Conforme bajábamos, empapados y cansados, dejábamos detrás el pálido velo que cubría las montañas. Los árboles nos arrojaban gotas inmensas que se nos colaban por el cuello y nos arrancaban un estremecimiento de vez en cuando. Todos ya queríamos llegar al sitio donde levantaríamos el campamento. Y nunca olvidaré cómo cuando estábamos a unos quinientos metros, Gena se voltea y me dice en ruso, que ya falta poco; que menos de medio kilómetro. Vas bien. Pero aquí los Tur se ganan, no se regalan. Eso fue lo que me tradujo Eugenio segundos después. 

Continuará. 

jueves, 12 de septiembre de 2019

Cacería de Mid-Caucasian Tur en el Cáucaso II




Había que bajar al río. Descendimos al cauce seco y ahí amarramos a los caballos a las piedras más grandes que encontramos. Luego nos alistamos para el asecho. Yo cogí mi mochila, puse tres tiros en el magazine del rifle y, previo a cerciorarme de que no hubiese quedado una bala del diablo en la recámara, le pasé el arma a Eugenio. 

Y comenzó la cacería.

Eran alrededor de las cinco y media de la tarde. Sobre nosotros el sol aún brillaba, pero sus rayos habían perdido el calor abrasador que horas antes arrojaban sobre nosotros. Las sombras de manera paulatina devoraban los valles y cañones del Cáucaso. A esa hora, solamente las cimas seguían brillando y luciendo sus colores y esplendor.

Aslan caminaba en silencio al frente de la partida; le seguíamos yo inmediatamente detrás suyo; y atrás de mí venía Eugenio. Los tres procurábamos no mover las rocas, pisar únicamente las piedras grandes. Todos nos movíamos con parsimonia, que se antojaba una violenta antítesis contra mis nervios, mi emoción, que tenían a mi corazón latiendo descuidada y desenfrenadamente. Teníamos que cuidar dónde colocábamos la bota, dónde clavábamos el palo para caminar, dónde había que caminar erguido y dónde hacerlo agachado. Aslan ponía el ejemplo y yo lo iba siguiendo. Y cada que este último se detenía, me daba un vuelco el alma entera y trataba de adivinar lo que el guía local había visto. Esto último significaba un dilema entre quedarme quieto o usar mis binoculares. Pero siempre antes de que pudiera llevármelos a los ojos, Aslan reanudaba el paso. Y el ascenso continuaba. 

Soy de los cazadores que se muerden la lengua; siempre he preferido convencerme, aferrarme a la idea de aceptar que los guías saben lo que hacen; que quieren que la caza resulte un éxito tanto o casi como uno como cazador lo desea. Así que no los agobio con preguntas ni sugerencias. Sobre todo cuando todo indica que efectivamente están demostrando saber lo que hacen, y que se nota que lo hacen bien. Y aunque la duda y la incertidumbre carcomen, enervan, me aguanto. Por eso no tenía idea de lo que pasaba a lo lejos; por eso yo me limitaba a seguir instrucciones e imitar a mi guía. Hasta que unos cuarenta minutos después se detuvo y nos pidió a Eugenio y a mí que nos acercáramos.

Que a unos cincuenta metros estaban tres tures. Uno de ellos parecía bueno. Sin embargo, que ya se les veía algo nerviosos; que tenía que llegar arrastrándome a una mata, ahí pararme y tirarle al de en medio, sin mamposta alguna. Que, si empezaban a chiflar los tures, me preparara para tirar en movimiento, pues que los chiflidos significaban que estaban por arrancarse en una carrera despavorida. Y yo desconcertado, que está bien. Que ahí voy. Y me empecé a arrastrar. Pero en ese instante pensaba que estaba todo, menos bien. Sí muy emocionante y muy estilo cacería en Asia; mas para nada estaba bien. No obstante, me decía a mí mismo, que era la primera tarde, que ni siquiera era el primer día; y pues no perdía nada jugando a los dados con lo que quedaba de luz. Así que ahí iba, medio gateando, medio a rastras, con el rifle en la mano derecha. Y cuando llegué a la mata indicada, de rodillas subí lo más silenciosamente que pude un tiro a la recámara. Acto seguido, me puse en cuclillas y lo más lentamente que pude me empecé a poner de pie.

Y ahí estaban tres tures, viéndome fijamente. Ubiqué al de en medio y me llevé el rifle al hombro. Cuando tuve en la mira a la cabra, quité el seguro y, justo en el momento en que me disponía a poner la falange del dedo índice derecho en el gatillo, el animal empezó a correr. Eso no me distrajo, pues seguí al tur, coloqué la cruz un poco delante de donde quería impactar. Volví a poner el dedo en el gatillo. Me disponía a apretar, cuando escucho que ¡no, no, no! ¡Stop! ¡Don’t shoot, please! Y yo, mirando atrás de mi hombro a los hombres, que ¿por qué chingaos no?, pregunta que seguramente ni Aslan ni Eugenio entendieron; pero ambos me decían que no, que malenki, ¡malenki! Que estaba chico. 

Bajé el tiró, me senté y exhalé con fuerza. Esperé rezando a que no me diera un infarto. Al percatarme que estaba fuera de riesgo, encendí un cigarro y le pedí a Eugenio que se acercara para que me explicara qué había pasado. 

Resulta que durante el asecho seguramente los tures se habían movido. Eran poco más de las seis de la tarde, lo que significaba que era la hora del día en que los animales se movían a pastar. De resultas, los tures que acabábamos de ver eran otros a los que habíamos divisado desde lejos. 

Por lo empinado de la ladera y por lo alto en que nos encontrábamos no podíamos ver mucho de lo que teníamos debajo de nosotros. Desde donde estábamos podíamos ver la continuidad del cañón y sus declives. También teníamos frente a nosotros, como a unos seiscientos metros, otra colina. Y en la intersección del cauce, a unos cuatrocientos cincuenta metros, se vislumbraba un área grande de pasto. De tal manera que Eugenio decidió esperar a que anocheciera, esperando a que los tures que pudieran estar en las inmediaciones se dirigieran a comer a la hierba antes referida. 

Esperamos unos veinte minutos. El sol ya alumbraba únicamente la montaña que teníamos de frente. Y justo ahí apareció un grupo de unos seis tures que se dirigían a trote al pasto.

Me llevé los binoculares a los ojos y, sin titubear, le dije a los guías que quería el de hasta adelante. El que lideraba al grupo. Que yo lo veía grande, y que con eso debía bastar.

Eugenio me dijo que me apurara, que buscara dónde acomodarme y preparara mi torreta para tirar a cuatrocientos metros. Me encargué de hacer la modificación, pero no lograba acomodarme. No había donde acostarme o sentarme para buscar una buena mamposta. La tierra y las piedras se sentían como una pared a mis espaldas. Los vigores me apuraban, me urgían a encontrar un sitio de donde tirar. Esos mismos nervios me hicieron aventarme al suelo como pude y colocar el cañón hacia el pasto al que supuestamente llegarían los borregos. Que dios repartiera suerte y va por ustedes, pensé. 

Pero los tures nunca se detuvieron en el pasto. Entonces le entregué a Eugenio mis binoculares y le dije que me midiera la distancia: que quinientos veinte. Y puse mi torreta. Busqué al grupo de tur que trotaba ante mis humedecidos ojos hacia la cima de la ladera que teníamos de frente. Adelanté un poco y apreté el gatillo. ¡Miss! Me dijo el guía. Y yo que ¡chingada madre! Que por favor me dijera cuando llegaran a seiscientos metros, que es el tope de mi torreta. Recargué. Hice la modificación y esperé la indicación. ¡Seiscientos metros, murmuró Eugenio! Y yo que ahí va. Y apreté el gatillo nuevamente. ¡Miss! ¡Pero que por poquito! Y yo para mis adentros, con ironía, ¡qué consuelo! ¡Por poquito! Y los tures siguieron sin detenerse hasta la cima de la montaña de enfrente.

No corté. Dejé el cartucho percutido en la recámara. Me aseguré de dejar el rifle bien acomodado y, con violencia, me hice para atrás y me dejé caer de espaldas, con la mirada hacia el cielo. Volví a exhalar y me llevé las manos a los ojos. En mi interior sentía cómo la frustración me envenenaba la sangre. Me dolía la espalda y los hombros. Y me repetía una y otra vez que qué de la chingada es fallar. A mi lado Eugenio seguramente me veía, pero decidió darme un momento. Y me lo dio. Luego me puso una mano en el hombro y me dijo que me fumara un cigarrillo; que no pasaba nada; que había estado sumamente complicado. Que no me preocupara; que esto apenas comenzaba. 

Me fumé el cigarro con Eugenio; fumaba y me seguía lamentando. Ambos repetíamos nuestras versiones del momento en que se hicieron los dos tiros una y otra vez. A unos metros, Aslan se mantenía alejado de nosotros viendo a un punto a través de los binoculares. Los tenía dirigidos hacia donde los tures habían corrido. Y cuando terminamos de fumar se nos acercó e intercambió unas palabras con Eugenio. Al terminar su breve conversación, éste se me acercó y me dijo que lo que yo dijera, que él no sabía qué decirme; pero que Aslan tenía ubicados a los borregos. Que usó mis binoculares y que estaban a alrededor de un kilómetro de distancia. Básicamente lo que proponía era que le enseñara a dónde apuntar y que lanzaría un tiro a un pedrusco que se encontraba justo en medio de los animales; que, si le pegaba a la piedra, éstos regresarían por donde habían venido; lo que significaba una segunda oportunidad.

Yo consideré la idea no solamente descabellada, sino que rayaba en la magia negra. Empero quedaba menos de una hora de luz y no teníamos nada que perder. En consecuencia, le di instrucciones a Eugenio para que le explicara al otro guía dónde más o menos debía apuntar para hacer blanco a mil metros, considerando el tamaño de la piedra. Hechas las explicaciones, le pasé el rifle a Aslan. Este último lo tomó, subió tiro, apuntó mamposteándose en una rodilla y disparó. Pegó. Todo esto sin vacilar. Insisto, se veía que sabía lo que hacía. 

A los pocos segundos de la detonación, Eugenio, emocionado, me espetó que ahí venían los tures; que no lo podía creer; pero que me fuera acomodando; que setecientos, que seiscientos, ¡que quinientos metros! Que, get ready! Y aunque los tures se desviaron y los perdimos de vista; no obstante, Aslan seguía emocionado; y me pidió que lo siguiera, que nos deslizáramos sentados hacia el borde de la ladera. Eugenio y yo lo seguimos. Y al llegar al punto, el local nos dijo que aquí aguardáramos. Que ahí abajito iban a salir. Que el de adelante seguía siendo el bueno. Y otra vez Eugenio: be ready. Subí tiró. Y entonces de mi lado izquierdo salió un tur. Lo vi inmenso. De inmediato me llevé el rifle al hombro. La torreta ya estaba a doscientos veinte metros. Y yo que, Eugenio, ¿distancia? Y éste que ciento setenta y ocho metros. Esa distancia no requería modificación alguna a la torreta, por lo que apunté sin mampostearme y jalé el gatillo. Tras el impacto, vi al tur a través de mi mira caer, y luego posteriormente lo vi rodar.

Sentía los abrazos, tanto de Aslan como de Eugenio. Yo me encontraba entre los dos. Escuchaba como de lejos sus felicitaciones. Mi entusiasmo y euforia estaban como oprimidas por el desconcierto. Me sentía petrificado. No podía creer lo que había sucedido. Mas un par de segundos después, levanté el cerrojo, dejé el rifle, y devolví los abrazos entre gritos y risas. 

Era un regalo, un regalo del cielo, un regalo de Héctor, sin duda. No había otra explicación. 

Luego todo se tiñó de naranja y contemplé uno de los atardeceres más bellos que he visto en mi vida. Y agradecí a los dioses y al universo. Me habían sido propicios. 

El descenso a cobrar la pieza abatida fue tortuoso, lento y un poco peligroso. Pero caminamos con cuidado. Y al poner mis manos en mi segundo tur, en el Mid-Caucasian Tur, sentí un enorme respeto y agradecimiento. Porque cazar cualquier tur es un gran logro cinegético. Muchos los consideran los animales de montaña más difíciles del mundo. Y mi cacería había sido un éxito, por increíble que se sintiera. 





Esa noche cenamos todos juntos en la tienda de campaña de los guías. Tomamos un poco de vodka y mezcal y dormidos el sueño de los justos. En la madrugada no sopló el viento. Nada más brillaron con intensidad una inmensa luna llena y un millón de estrellas. Al día siguiente tocaba descender y comenzar a planear el traslado a la República de Karacháyevo-Cherkesia por el Kuban Tur. Esto, como bien había dicho Eugenio, apenas comenzaba.



Continuará.