Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Cacería de dagestan tur en el Cáucaso III


Cuando me asomé por el filo de la cordillera, dirigí la mirada hacia donde el dedo de mi guía apuntaba. A unos trescientos metros, un grupo de alrededor de treinta tur pastaba tranquilo. Nuestra posición nos daba ventaja; nos encontrábamos encima de las cabras, que suelen no cuidarse de nada que se encuentre arriba de sus cabezas, puesto que sus depredadores naturales suelen atacarlas desde abajo. Teníamos tiempo para contemplarlas con calma y tratar de encontrar, entre todos los animales, a un buen macho adulto que mereciera la pena dar caza.

Instantes después, Juan Fernando se acomodó a mi lado. Y ahí estábamos: el guía, aquél y yo, boca abajo, binoculares en mano, vislumbrando el espectáculo. Porque los tur son una especie de cabra o borrego maravillosa. Cuando te puedes dar el tiempo de mirar detenidamente a uno de estos ejemplares, resulta fascinante descubrir cómo cada uno de sus músculos se tensa con cada meneo. Porque son criaturas extremadamente fuertes; su fuerza resalta casi como su belleza; y viene y la adquieren de cada imposible movimiento que realizan en las cañadas, saltando de piedra en piedra, sobre mortales precipicios, en una de las montañas más empinadas del mundo.

Afilados peñascos y desfiladeros componían nuestro horizonte. El Cáucaso en su máximo esplendor. Todos embriagados de adrenalina, ahogando la emoción en nuestros pechos, nos aferrábamos a los prismáticos en busca de un buen ejemplar. Unas nubes espesas volaban sobre nuestras cabezas. De momentos, el clima amagaba con cerrarse de nuevo. Yo rezaba porque eso no sucediera. Ya había pasado tiempo suficiente encerrado en una tienda de campaña por culpa de la neblina y la lluvia incesante. Ahora tocaba cazar. Así que busqué desesperadamente al trofeo con el que llevaba más de un año soñando. Pero ahí no había nada. Puros tur jóvenes, hembras y crías. Ni hablar. Teníamos que reanudar nuestro camino.

Dejamos por la paz a esa manada y cruzamos un cañón para ‘gemelear’ la ladera opuesta. No obstante, ahí no encontramos nada, por lo que decidimos regresar sobre nuestras huellas, y con pasos lentos y pesados nos tiramos en el valle más alto que se extendía en la falda del pico más alto. Ahí sacaron los guías un mantel, pepinos, queso de cabra, sal en grano, salchichón y pan. Comimos y disfrutamos de una siesta, esperando a que en la tarde los tur bajasen a pastar a las mesetas. Pero no bajaron. Y el sol comenzaba a acurrucarse en las cimas de las sierras. Tocaba regresar.

El regreso fue lento. Recuerdo que Juanfer y yo hablábamos, especulábamos, con infinidades de y si hubiera, y si hubiéramos. ¿Y si le hubiéramos tirado a ese que decían que no estaba tan mal? Si le hubiera tirado, ya no tendría que ponerme esta chinga mañana. Le hubiera tirado para asegurar, y luego buscaba otro. Todo esto entre jadeos, con un hilo de voz, pues la empinada cordillera que trepábamos nos arrebataba el aliento y el habla.

Cuando llegamos al campamento, Felipe, ‘el padrino’, ya nos esperaba. Se le notaba agitado y algo nervioso. Mientras Juan Fernando y yo dejábamos caer las mochilas y acomodábamos nuestros rifles, comenzamos a repasar los acontecimientos del día. Que cómo estuvo tu día; que cuántos tur habíamos visto; que qué tal la chinga; que estuvo muy cabrón; que estuvo de la chingada; que yo no vi ninguno, dijo el ‘padrino’. Que, no chingues; nosotros vimos treinta, ¡o más! ¡No mames! Te lo juro. Que pues yo nada más caminé por unos acantilados y la neblina lo tapó todo. Y que nos regresamos, dijo Felipe. Y nosotros, que qué mala onda, pues de aquél lado nos tocó buen clima. No vimos nada grande, pero buen clima. Pero ‘el padrino’ insistía en que había estado terrible, terrorífico. Que la cacería rayaba en los irresponsable, casi suicida. Y Juanfer decía que no era para tanto. Y Felipe, pues entonces no te llevaron donde a mí. Y poco a poco la emoción se fue disipando.

Aquella noche no dormimos bien. Después de una parca y silenciosa cena consistente en pollo frito frío y pepinos, bebimos un par de tazas de te y decidimos irnos a acostar. Dentro de la tienda de campaña, Felipe se comenzó a preguntar si no estaba siendo irresponsable por trepar sobre los despeñaderos del Cáucaso. Ni a Juan Fernando ni a mí nos quedaban muy claros los motivos de la angustia de nuestro amigo. Sin embargo, a mí no me parecía raro que se sintiera ansioso. Había leído suficiente sobre la cacería de tur; y casi todos los cazadores que alguna vez escribieron sobre sus experiencias en las montañas de Azerbaiyán relataron pasajes escalofriantes sobre estas serranías. No por nada se le considera una—si no es que la más—de las cacerías más difíciles del mundo. Y es evidente que ascender las faldas del Cáucaso conllevaba diversos peligros; entre ellos, claro está, el de desbarrancarse y perder la vida.

Poco a poco nuestra conversación se fue extinguiendo. Mientras afuera la noche caía, el frío se colaba en nuestra tienda de campaña. Así que dejé mi libro a un lado, apagué mi lámpara de cabeza y subí el cierre de mi bolsa de dormir. Era hora de recitar los mantras, de rezar. Y comencé con un Padre nuestro que estás en los cielos. Con los ojos cerrados y aferrándome al cristal de litio. Santificado sea tu nombre. Necesitaba sentir ese consuelo divino y metafísico que proporcionan los dioses. Venga a nosotros tu reino. Si el día siguiente amanecía despejado, volveríamos a sentir la cercanía de los precipicios y el vértigo que provoca enfrentarse a éstos. Hágase tu voluntad, así en la tierra, como en el cielo. Conforme repetía las oraciones, el Padre Nuestro, el Ave María, el miedo que traía dentro desde el inicio, se mitigaba, se aligeraba, y esa sensación me ayudó a conciliar el sueño.

Nuestros sueños se vieron interrumpidos por una fortísima ventisca que azotó en la madrugada. Las ráfagas de viento agitaban la estructura de nuestra casa de campaña con violencia. Además el ruido que hacía la lona era insoportable. Sonaba como un traqueteo constante y brusco que se mezclaba con el aullar del vendaval. Mientras escuchaba el alboroto, reanudaba mis oraciones; siempre en silencio, sumido en mi sleeping bag, y rodeado de la oscuridad. Lo hacía más para volverme a dormir, que por otra cosa. También me preocupaba el clima, que casi no había dado tregua hasta entonces. Pero confiaba en que todo iba a salir bien. Y así, sin más, volvía a soñar con pendientes mortales y hermosos tur. Hasta que la luz mortecina del amanecer nos despertó a todos.

Para desgracia de todos, cuando salimos de la tienda, la maldita neblina otra vez lo cubría todo. Sin embargo, a diferencia del primer día que no pasó nada, aquella mañana los guías se veían optimistas. Nos instaron a que después del desayuno, preparáramos las mochilas y nos pusiéramos listos para salir. Comimos galletas y tomamos te. Luego salimos en grupo. Todos en la misma dirección. Por lo visto, para la segunda salida no iban a separarnos. Los tres amigos cazaríamos juntos. Eso nos animó y salimos entusiastas en busca de nuestros tur.

Emprendimos el primer ascenso siguiendo la misma vereda que Juan Fernando y yo habíamos tomado el día anterior. No obstante, esa vez no nos detuvimos en el punto donde habíamos descendido sobre la escalonada; sino que seguimos adelante en dirección a unos enormes peñascos cuyos picos se perdían en las nubes. Que por aquí me vine yo ayer; que aquí es por donde se pone cabrón, nos dijo Felipe. Nosotros no conocíamos esa zona. Pero seguimos adelante como si nada fuese a pasar. Hasta que llegamos a un montículo de rocas donde teníamos que dar un pequeño salto hacia la ladera cubierta de grava. Ahí comenzó a florecer el horror.

Recuerdo que el primer paso que di, sentí como mi bota se hundía en una especie de cascajo y comenzaba a deslizarse hacia el abismo. Instantáneamente perdí el equilibrio y me aferré al palo de madera que llevábamos a modo de bastón. Al hacerlo, giré sobre mi eje y me quedé boquiabierto contemplando la empinada pendiente que se extendía frente a mí, amenazante y horrífica. Que no te des la vuelta; que hacia abajo nunca, ahijado, me gritó Felipe. Mientras tanto, Magamet al momento corrió a ofrecerme su hombro. Problem, problem, problem… Repetía. Pero cuando recuperé el balance, me tranquilizó: no problem. No problem! Y así, abrazado de mi guía, comencé uno de los recorridos más terroríficos de mi vida.

Como el día anterior no habíamos atravesado las montañas recorriendo las laderas, ni Juan Fernando ni yo sabíamos cómo utilizar el bastón correctamente. En cambio, Felipe y su guía avanzaban sin problema. La técnica consistía en inclinarse en el sentido de la pendiente, como en cuarentaicinco grados, utilizando el palo como remo para el impulso, y pisando sobre las huellas de los guías. Sin embargo, mientras aprendíamos a manejar el improvisado báculo, padecíamos deslices y miedos imposibles de transmitir. Por eso recuerdo mi abrazo con Magamet. Resulta imposible olvidar su voz alentándome, no problem! No problem! Me acuerdo perfecto de mis pasos titubeantes, del sonido de la grava, del vértigo, del horror en la sangre, de los espantosos deslices.


Después de unas tres horas de recelo y pavor, por fin llegamos a una meseta, en donde nos sentamos a comer un poco de pan, sardinas, salchichón y queso. Para ese entonces, la neblina nos había engullido. Nos encontrábamos en lo más profundo de la niebla, sin poder ver absolutamente nada a nuestro alrededor. Otra vez el clima se antojaba como obstáculo infranqueable entre los tur y nosotros. Pero había que ser pacientes. Y decidimos esperar. Fue una espera helada y empapada, pues además de la espesa bruma, una interminable llovizna caía sobre nosotros, sin darnos un respiro.

  

El tiempo pasaba, y los cielos no se despejaban. No había visibilidad alguna, por lo que resultaba imposible cazar. En las montañas se puede seguir adelante, sin importar que caiga una tormenta de nieve, o los cielos se desprendan sobre uno, pero sin visibilidad, lo único que se puede hacer, es sentarse a esperar.


Esperamos hechos ovillos enfundados en nuestros impermeables. Con las cabezas entre las rodillas y abrazados a nuestras piernas soportando las penurias del frío y del agua aguardábamos a que el sol quemase la niebla. Empero, eso jamás sucedió. Las horas pasaron y la situación únicamente parecía empeorar. Era el tercer día de cinco que teníamos para encontrar nuestro tur. La presión insistía en hacerse presente entre todos, pero afortunadamente el buen humor y las buenas actitudes aún prevalecían.


Antes de emprender el regreso al campamento, comencé a angustiarme nuevamente. Nada más imaginar que retornaríamos por el mismo camino me helaba la sangre. Aunado a esto, y para colmo, los guías improvisaron una lápida, escribieron un nombre, una fecha, y le dejaron unas flores. Carajo, y nosotros sin entenderles nada. Esa imagen de los guías dejándole flores a una tumba improvisada intensificó mi miedo, nuestros miedos. Porque todos sabíamos de las historias de cazadores que perdieron la vida en el Cáucaso, entre ellos Art Carlsberg, que en 1979 murió cazando tur en Azerbaiyán. Además, justo antes de nuestro arribo, un cazador francés había perecido de igual forma desbarrancándose en las mismas montañas.


Por fortuna, el regreso fue mucho más sencillo. Si bien es cierto que no dejó de ser aterrador; no obstante, por fin había aprendido el arte de manejar el báculo de madera. Por eso, el retorno lo sufrí mucho menos. Ya no necesité de los abrazos salvavidas de Magamet, y pude por mí mismo retornar al campamento, sin ayuda de mis guías. Eso me alentó, me llenó de ánimo, pues significaba que el resto de la cacería lo iba a hacer con mayor seguridad y sin sentirme embriagado por el desasosiego y la turbación que ocasionaban los resbalones en las montañas del Cáucaso en Azerbaiyán.

Continuará.



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