Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

jueves, 8 de febrero de 2018

Cacería de dagestan tur en el Cáucaso IV

A mi padrino, Felipe Echenique, 
que me enseñó a rezar


En el Cáucaso las emociones y los sentimientos se intensifican con el paso del tiempo. Es tanta la adrenalina, que uno se acostumbra a sentir en todo momento el corazón sobresaltado e inquieto. El miedo que acompaña los ascensos hacen que la sangre se congele y arda simultáneamente; la excitación que provoca vislumbrar al codiciado tur provoca que las entrañas hierban y el pecho se nos acalore. Los nervios, el horror, el entusiasmo, la alegría, todo estalla con tanto ímpetu dentro uno, que resulta imposible evitar no hablar con Dios. Porque las caminatas son largas y solitarias. Cada quién suele ir a su propio paso, de momentos cuidando la vida, a ratos apreciando los paisajes; mas siempre alerta, en profunda concentración.

En el penúltimo regreso, cuando la perturbación se disipaba a causa de que a lo lejos ya se alcanzaba a vislumbrar el valle donde teníamos montado el campamento, yo supe que si todo salía bien, a mi regreso de Azerbaiyán, contaría mi historia como Juan Preciado contó la suya. Pensaba que iba a escribirla arrancando con unas líneas tipo vine a Azerbaiyán porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Pero yo no escribo tan bien como Rulfo, así que mi inicio fue distinto. Y mi padre no iba a ser el que le dio la inmortalidad al gran escritor mexicano, sino que en mi caso sería un tipo de Dios. Uno al que se le clama, y que otorga, pero siempre a cambio de un esfuerzo; un ser sobrenatural que premia el denuedo y la lucha, mucho más que la fe y la fidelidad de credo. Porque recuerdo que cuando le pedía a esa energía que sentía presente en mis miedos, le aseguraba que no iría a recibir sin dar nada a cambio; que estaba dispuesto a demostrar arrojo y atrevimiento, pasión y entrega, con tal de que se me diera la oportunidad. Era mi dios de la montaña; pues mi enunciatario definitivamente no se trataba de ningún hombre adulto, de vientre prominente y barbas blancas. No. Prefiero pensar que a quien dirigí mis plegarias era algo mucho más que los esbozos predeterminados que existen de los dioses en libros ajados y obras oxidadas. Mi dios es de las alturas, de la humildad, el sudor, el trabajo, el arresto, la voluntad. Es un ser divino de piedra y tierra y energía, que recompensa la fogosidad del hombre decidido.

Joaquín Sabina comprendió en Comala que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver. Yo sabía que el Cáucaso sería mi Comala; por los fantasmas que habitan esas montañas; almas en pena cuya presencia se siente al caminar por los desfiladeros. Pero también porque no todo en ese lugar, inspirador de mitos y leyendas, es terror y muerte; ahí, también uno llega a apreciar la vida, el espíritu y la fuerza, cuando recorre, padeciendo el inevitable desgaste de los músculos, las cumbres de estas majestuosas laderas. Los ascensos y descensos siempre son en compañía de seres metafísicos, de dioses y ángeles. Desde el día uno supe que sería un viaje inolvidable.

En las montañas Dios no existe; en las montañas, Dios es. Esa sería la reflexión final del antepenúltimo día. Sumergido en la oscuridad, arropado por mi bolsa de dormir, y acompañado de dos enormes amigos, caí en un sueño profundo, repleto de sentimientos e imágenes difusas que pronto serían olvidados. Sin embargo, mucho antes de quedarme dormido, mientras mis reflexiones eran vencidas por el cansancio, el cantar de las alturas me supo a Wagner, entonces supe que esa historia sería mi Parcifal.

El cuarto y penúltimo día no cazamos. El día 12 de julio de 2016 amaneció empapado otra vez. Todo alrededor de nosotros estaba cubierto por una niebla tupida e impenetrable, que impedía ver a más de diez metros. Por consiguiente, no quedaba más que esperar fumando y bebiendo te, que era lo único que podía hacerse en el campamento. Así que eso hicimos: esperamos, a que el sol quemase la niebla, a que la presión atmosférica cambiara, a que las nubes bajasen al valle. Lo que fuera era bueno, pero que nos permitiera cazar; pues ya el siguiente iba a ser el último día de cacería. Y esperamos, pero el clima no cambió. La suerte estaba echada. Para ese entonces faltaban tres tur, y quedaba un solo día de caza.

Y llegó el último día. Era un 13 de julio de 2016, cumpleaños de un gran amigo de toda la vida. Aquella mañana amaneció con cielos despejados color añil. Una energía positiva y un entusiasmo alegre recorrían el campamento. Todos amanecimos despabilados, llenos de ganas de salir a cazar. El clima se sentía templado, la visibilidad alcanzaba todos los horizontes que se dibujaban en la lejanía. La montaña por fin nos abría sus puertas de par en par, nos extendía una invitación, que cordialmente aceptamos. Y salimos a buscar nuestros tur.



El frío húmedo y la neblina habían desaparecido. El Cáucaso lucía tan primoroso como amenazador. Los taludes y declives que pronto recorreríamos brillaban bajo la luz del sol. En algún lugar de estas montañas, debían estar nuestros tres dagestan tur. Y la emoción burbujeaba en mi sangre, que me recorría con urgencia las venas.

Comenzamos el recorrido por la misma cordillera que habíamos caminado dos días antes. Nuevamente avanzábamos todos en grupo. No nos separaron como lo hicieron para la primera salida. Yo ya avanzaba más seguro, sin titubear. Y esto hacía mis movimientos mucho más ágiles y podía recorrer tramos más largos en menos tiempo. Cazábamos como normalmente se caza en la montaña: con las piernas y con el culo. Es decir, caminábamos un trecho, y luego nos deteníamos a gemelear. Y así sucesivamente hasta que vimos un grupo de unos seis tur a un par de kilómetros.


Dimos inicio al acecho, pero con paciencia. Un par de kilómetros en las montañas de Quba, en Azerbaiyán, puede ser un mundo de distancia. Además, en esas serranías uno se tiene que andar con cuidado; porque un resbalón puede ser fatal. Así que no nos veía acomodándonos en posición de tiro antes del medio día. Eran entonces alrededor de las ocho de la mañana. Faltaba mucho tiempo, y muchas cosas por suceder.

A eso de las diez, once, de la mañana, nos situamos a unas ochocientas yardas de los tur. Sin embargo, mientras planeábamos el rececho final, escuchamos un tiro, y luego otro. Y uno de los tur cayó. No sabíamos quién había sido el tirador. Pero por el sitio donde se escucharon los tiros debía tratarse de Armando. Nos alegramos por quienquiera que hubiese cazado su trofeo, nos encogimos de hombros, y seguimos nuestro recorrido hasta llegar a una cañada recubierta de pasto color verde y flores amarillas. Ahí nos sentamos a comer y a descansar.


Mientras tomábamos un descanso, los dos guías principales se fueron a lentear las caras de la montaña que desde donde estábamos no podían apreciarse. Y cuarenta minutos después, hicieron a lo lejos una seña, y los ayudantes de estas personas comenzaron a apurarnos para que nos dirigiéramos a donde los guías se encontraban. Algo estaba pasando. Algo que se sentía bien.

 

Nos espabilamos y agobiados y con prisas nos empezamos a alistar. El Padrino creo hasta las botas se había quitado, así que comenzó a cundir el pánico y el caos. Sin embargo, rápidamente nos encontramos dirigiéndonos a buen paso hacia donde nos esperaban los guías.

En esa ocasión yo cogí la delantera, pues Felipe se había demorando complicándose con su calzado. Recuerdo que era un collado con desniveles y recubierto de pasto. Luego, para evitar que los animales nos vieran, nos enfilamos a una ladera de grava, y después de recorrer de costado unos quinientos metros, ascendí al borde donde se encontraban echados los guías viendo hacia abajo.

Me arrastré cautelosamente hasta yacer al lado de mi guía, y me señaló hacia una peña. Ahí, debajo de un pedrusco, yacían unos seis tur. Me los señaló y me dijo, en mal inglés, one, you; two, y señaló a Felipe, que nos alcanzaba, him; three, other friend, me dijo refiriéndose a Juan Fernando. Vi que Felipe igual recibía instrucciones de su guía, y preparaba su rifle. Así que yo hice lo propio. Sin embargo, teníamos que esperar a nuestro amigo, pues por lo que se dieron explicar los guías, iba a ser un conteo de uno, dos, tres, ¡shoot!. Esto último me ponía nervioso. Pero era el último día y esta forma de tirar nos daba a todos una oportunidad única, justa e irrepetible.

 

Una vez que los tres nos encontrábamos en posición, yaciendo sobre el borde, cañones peligrosamente angulados, y con nuestros tur en la mira, escuchamos a los guías contar: one…two…three…



Después del largo recorrido, de los pasos titubeantes y del vértigo que acosaba, se alcanzó el final del camino. Era el último día de cacería, como a las dos de la tarde del quinto día de caza, sintiendo los ardientes latigazos de luz y calor sobre mi nuca y brazos, y recuerdo tener la cruz de mi mira en el codillo del dagestan tur. Luego el control de respiración. El ángulo agobiaba. Pero tenía que hacer el tiro. ¡Teníamos que hacerlo! A mi lado yacían mi padrino Echenique y el compadre Zaragoza, cada uno con una cabra en la mira. Y el guía, Bukar, cómo olvidar el conteo. Uno. Dos. Apreté suavemente el gatillo. Tres. Y la detonación que sucede al disparo.

La bala de 140 granos, Nosler Accubond, lanzada a más de tres mil pies por segundo, dejó al tur, que yacía tranquilo, inerte. Acto seguido, posterior al retroceso, vi a mi borrego deslizarse, casi parsimoniosamente, en la piedra en la que descansaba. Su sueño eterno comenzaba. El mío, por fin, empezaba a materializarse. Doscientos cincuenta metros separaban al cañón de mi Kimber modelo 8400 Montana, calibre .270 WSM, del espectáculo. Y Zorrilla desde el paraíso rezaba:

Este mármol sepulcral 

adormece mi vigor, 

y sentir creo en redor 

un ser sobrenatural. 

Mas... ¡cielos! ¡El pedestal 

no mantiene su escultura! 

¿Qué es esto? Aquella figura 

¿fue creación de mi afán?

 

Poner las manos sobre la cornamenta de un dagestan tur es una sensación gratificante y explosiva. Sentir las bases, recorrerlas con las palmas de las manos y las yemas de los dedos provoca alegría y emociones infinitas. Porque en la belleza de esos cuernos ve uno el esfuerzo físico, la dedicación y la entrega cristalizados. También ve uno al dios que te acompañó todo el camino. Es casi como un premio divino, un homenaje a la perseverancia, a la pasión y a la tenacidad del cazador. Por eso quizás el dagestan tur sea de los trofeos más importantes del mundo. Su caza tiene fama de ser la más difícil. En mi caso, no he cazado nada que requiere de tanta técnica, templanza y fuerza como las que requiere la cacería del tur en el Cáucaso, Azerbaiyán. Mi trofeo es para siempre, inmortal.



Fin.

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